Miguel Marileo trabajaba en la empresa Melluso, la única especializada en pompas fúnebres en Trelew. El 22 de agosto de 1972, a las cinco de la tarde, un grupo de marinos de la Base Aeronaval Almirante Zar fueron a comprar los 16 cajones para los cuerpos de los militantes fusilados. A la media noche de ese mismo día, otro grupo de marinos buscaron a Marileo en su casa y lo llevaron, junto con su jefe, Martello, en un camión militar hasta la base.
Al llegar encontró los cuerpos desnudos de las dieseis personas. “Sentí una impotencia y una bronca porque la mayoría de esos muchachos que estaban ahí eran de la edad mía. Empecé a mirarlos a todos a ver si encontraba algo raro, lo que me llamó la atención es que al costado de cada uno de ellos, a lado de la cabeza, estaba su nombre y una bolsita de nylon con los plomos que les habían metido”, dijo Marileo.
El testigo fue observando cada uno de los cuerpos detenidamente. Vio que Ana María Villareal de Santucho estaba embarazada y tenía tres tiros en el vientre. Vio también que Maria Angélica Sabelli no tenía tiros a la vista y sin embargo, cuando le levantó la cabeza pudo observar que tenía un disparo en la nuca. Mariano Pujadas era el que más disparos había recibido y además su cuerpo estaba cocido, como si le hubieran practicado una autopsia.
Marileo terminó su trabajo a las tres o cuatro de la mañana. Aún así, permaneció en la base hasta las cinco de la tarde, hasta que por fin alguien dio la orden de llevarlo a él y a su jefe de regreso a Trelew. Fueron llevados por personal de infantería de marina en un jeep. “Cuando llegamos a la ciudad, Martello se bajó y yo me bajé. Agarré la caja de herramientas, la garrafa que habíamos usado para soldar cuando un señor que estaba en frente mío me dijo vos no viste nada, vos no estuviste en la base, cuidate porque tenés un hijo muy chiquito –recordó el testigo-. Por lo que se ve sabían todo. Yo no le dije nada, no le contesté. Me callé la boca durante 40 años”.
El otro testigo de la jornada fue Luis Ortolani, quien estuvo detenido en la cárcel de Rawson y participó en los planes de fuga del 15 de agosto. Ortolani era militante del PRT. Fue detenido en febrero de 1972 y fue torturado en una comisaría de Rosario y luego fue llevado en avión a la Jefatura de Policía de Córdoba. Ahí también fue torturado en procura de información sobre la organización a la que pertenecía. Después de esto fue “legalizado” y trasladado a la cárcel de Villa Devoto.
En abril de ese año, el testigo formó parte de los traslados masivos que se dieron a la cárcel de Rawson. Cuatro de los seis pabellones de esa prisión estaban destinados a los presos políticos. Uno de ellos a los presos sindicalistas o gremialistas. Ortolani pidió ser enviado al pabellón cinco donde estaban ubicados los principales cuadros de las organizaciones revolucionarias y otros detenidos políticos entre los que se encontraba su cuñado Mario Delfino. Al llegar tuvo conocimiento de un plan de fuga que desde meses antes se venía gestando.
En un primer momento se pensó hacer un túnel, sin embargo esa idea fue prontamente descartada por inviable. Entonces se elaboró un plan mucho más audaz, que de haber sido completamente exitoso hubiese permitido la fuga de 116 presos políticos. Ortolani describió con detalle el plan de evasión.
“Todos teníamos un número del 1 al 116. El primer escalón, es decir, los que tenían que salir primero, eran los 6 dirigentes que son los que constituyen en la operación el grupo que va adelante haciendo abrir las puertas de la cárcel –explicó Ortolani-. Después había un escalón de 19, que van a ser los que quedan atrapados en el Aeropuerto de Trelew, o sea un total de 25. El tercer grupo eran los que eventualmente, si fracasaban los camiones que nos esperaban afuera quedábamos adentro. Yo era el número 26”.
Los tres camiones no llegaron. Sólo ingresó un auto en el que se desplazaron los dirigentes. Luego se consiguieron dos taxis y un remis para llevar a los 19 que posteriormente se entregaron en el aeropuerto de Trelew. Ortolani se quedó en la cárcel y fue el encargado de negociar con el ejército la entrega del penal. Pese a la amenaza constante de que el lugar sería tomado a la fuerza, los detenidos mantuvieron la calma y lograron efectuar una rendición pacífica.
Después de esto permanecieron 30 días encerrados, sin poder ver a sus abogados o familiares, sometidos a un régimen penitenciario cruel y humillante. Todas las pertenencias que tenías les fueron retiradas y alimentaron una gran hoguera que se hizo en el centro de la cancha de fútbol de la cárcel. Les dieron un uniforme de verano, pese a que estaban en pleno invierno y los mantuvieron encerrados en sus celdas.
A pesar de lo anterior, los presos pudieron guardar una radio con la cual pudieron enterarse del fusilamiento de los 19 compañeros y la muerte de 16 de ellos. Ortolani fue trasladado a fines de 1972 al penal de Devoto, donde pudo hablar con Haidar y Camps. Ahí le relataron lo ocurrido.
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