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8 de febrero de 2011

Elena Alfaro

Treinta y cuatro años después de su secuestro, Elena Alfaro, sobreviviente del centro clandestino El Vesubio, decidió declarar por videoconferencia desde Francia. Su relato fue meticuloso, preciso y conmovedor por su franqueza.

Todo comenzó el 19 de abril de 1977. Ese día, una patota entró violentamente en su casa. Ella se encontraba haciendo reposo ya que había tenido varios problemas de salud por su embarazo. Elena iba a tener un hijo con su compañero Luis Alberto Fabri. “Luis había salido. Tenía una cita en la tarde para encontrarle un lugar donde vivir a Norma, que es Mirta Iriondo -recordó Elena-. Es decir que a las cuatro de la tarde Norma, su hijo de cuatro años, y Luis van a esa cita que estaba cantada, fue una trampa. Los secuestran y a medianoche me vienen a buscar a mi a mi casa”.

Elena fue llevada a El Vesubio. Permaneció una semana en la sala de torturas. El 22 de abril cumplió 25 años, esa es la última fecha de referencia que tiene. Después perdió el sentido del tiempo. Durante esa semana, escuchó los gritos de los demás secuestrados. Reconoció algunas voces, entre ellas la de Mirta Iriondo, quien insistentemente preguntaba por su hijo. Vio, también, como su compañero, Luis Fabri, fue torturado.

“Al cabo de un tiempo nos llevan a las famosas cuchas de mujeres. Era otra casa que tenía una cocina, un bañito sin puerta con un lavabo y una ducha. Había un gancho en el zócalo y ahí ponían la cadena donde nos ataban, siempre con una capucha negra –dijo Elena-. El régimen era muy, muy duro. El que se levantaba la capucha era fuertemente castigado. Si alguien no cumplía había paliza generalizada, eso era lo más terrible”.

A Elena le asignaron el “nombre” O-8. Alfaro destacó esa especie de “bautizo”, el cuál, para ella, no constituía un hecho librado al azar. Era más bien la manifestación de la ideología reinante en ese lugar, en donde la ley era elaborada a capricho por el jefe del campo, Pedro Durán Sáenz. Pasado el tiempo el régimen se fue “flexibilizando”. En un momento les dejaron a las mujeres levantarse un poco la capucha. Así empezaron a conocerse. En ese lugar Alfaro vio a Maria Luisa, partera de Quilmes, que estaba en la misma cucha que Gererosa Fratasi. También vio a Ana María Di Salvo, Marta Brea, María del Pilar García, Cuqui –Elena Reinaldi-; a Catalina Ciuffo; a Violeta y su hijo Pablito; a Nelly –mujer mayor que tenía un marcapasos-; a Ofelia Cassano, Silvia de Rafaelli y a la Tana, a quien Elena reconoció por fotos.

Elena pudo ver a varios de los hombres secuestrados en el campo. En una oportunidad reunieron a todos los detenidos que pertenecían a Poder Obrero. Ahí vio al gringo Gasparini, a Nelo –amigo de su compañero Luis Fabri- a Goldin, a los Ciuffo, entre otros.

Más o menos para el 18 de mayo, Luis Fabri pudo visitar a Elena. Le dijo que lo habían examinado para ver si sus heridas ya habían cicatrizado. Ella no entendía bien lo que pasaba, sentía que pronto se iba a quedar sola. Luis le dijo que quizás los iban a llevar a otro lado, a un lugar mejor. “Yo creo que él ya lo sabía”, dijo Elena.

El 23 de mayo a la noche empiezan a llamar a uno por uno de los diecisiete sobrevivientes que quedaban de Poder Obrero. Los llevan a todos a la cocina, permanecen un rato ahí, atados. Un guardia les dijo que los iban a trasladar. Cuando sintieron que estaban solos, se levantaron la capucha, se observaron, se dieron aliento. De repente alguien abrió la puerta y gritó: “O-8 vuelve a las cuchas”. Esa era Elena Alfaro. Fue la última vez que vio a sus compañeros.

“Regresé a las cuchas y me volvieron a atar. Empecé a llorar, a gritar, no me importaba nada. En ese momento Violeta se acercó y sacudiéndome me dijo “Elena, date cuenta de que sos la única que tiene posibilidades de contar todo esto”. Eso fue como una paz para mí. Esas son las palabras que siempre recuerdo. Permanentemente las tuve en cuenta, para poder resistir y salvar mi vida”, dijo Elena.

Marta Brea le contó después a Elena que vio cómo todo el grupo fue llevado a la jefatura. Ahí los obligaron a dejar su ropa. Ella y otras secuestradas más tuvieron que quemar esas prendas en una estufa. Contó también que había escuchado una charla entre el jefe de campo Durán Sáenz y el responsable del Grupo de Tareas 4, en el que este último le informaba que tenía instrucciones de matar a todos los que quedaban de Poder Obrero. Durán Sáenz, que era “muy católico”, le pidió que dejara viva a Elena porque ella estaba embarazada y se comprometió a matarla una vez tuviera familia.

A fines de mayo se construye una nueva sala en donde serán alojados los secuestrados más antiguos de centro. En ese lugar, que será conocido como la Sala Q, permaneció Elena Alfaro a partir de junio de 1977. “La sala Q era una expresión de su ideología. Era decir ‘acá están los quebrados, los traidores’. Muchos de los que permanecieron en las cuchas se creyeron esa idea del traidor y al salir la divulgaron tal como lo quisieron los genocidas”, dijo Elena.

En este punto relato de los hechos se detuvo, para dar paso a una descripción sobre la violencia de género en El Vesubio. Elena Alfaro afirmó que durante todo su cautiverio observó como en cada acto cometido por los guardias y represores había un deseo de despojar a las mujeres de toda dignidad.

“Para bañarnos nos llevaban en fila, desnudas. Los guardias nos manoseaban, nos decían que éramos el diablo, que no servíamos para nada, solo servíamos para darles placer a ellos”, dijo Elena. Muchas de las secuestradas fueron violadas y cuando eso ocurría los violadores culpaban a las propias víctimas.

La violencia de género en el Vesubio alcanzó su máxima expresión en Pedro Durán Sáenz. El jefe del centro clandestino obligó a muchas de las secuestradas a convivir con él. Eran frecuentes sus discursos y sus actos profundamente misóginos, mezclados con un fervor religioso que rayaba con la locura.

El 20 de junio, Durán Sáenz subió a Elena Alfaro en un auto y la llevó a su cuarto, en el regimiento de La Tablada. Ahí la violó; luego la dejó atada a la cama durante el resto del día, sin comer ni beber. Tenía cuatro meses de embarazo. “Denuncié este hecho –que no fue el único- en 1985. Eso dio origen a una gran cantidad de difamaciones. Yo quise salvar la dignidad de las mujeres. No solo fuimos torturadas, sino violadas. La dignidad es contar que fuimos violadas y que esto también constituye un crimen contra la humanidad”.

La declaración de Elena continuó. Habló sobre la presencia de El Francés, un integrante del Grupo de Tareas 2, encargado de secuestrar a cualquiera que pareciera tener vínculo con la columna sur de Montoneros. Según la testigo, durante los siete meses que permaneció en El Vesubio habrían pasado por ese centro clandestino unas 2000 a 2500 personas. Pocos, muy pocos, sobrevivieron. En esa época cayeron Rosa María Pargas de Camps, Alberto Camps, Francoise Dauthier, entre otros.

Los meses transcurrieron y el embarazo de Elena Alfaro ya estaba a término. En un momento llega de visita Suárez Mason. Uno a uno fueron llevados ante él los prisioneros de El Vesubio. Llegó el turno de la testigo. “Entonces el General entró a verme –recuerda Elena-. Nunca olvidare los ojos de odio. Me preguntó si mis padres sabían que estaba embarazada, le dije que sí. Luego me preguntó si quería dejar a mi hijo en manos de familias de militares, y ahí tuve la lucidez de decirle ‘No señor; yo tuve una educación católica y sé que cuando dios nos manda una carga hay que asumirla”. Entonces Suárez Mason dio media vuelta y dijo ‘inmediata libertad’”.

A los pocos días fue liberada. Su padre la esperaba en una esquina de Boedo. Sin embargo, durante muchos meses, Elena permanecería vigilada.

El testimonio de Elena Alfaro continuará mañana, 9 de febrero, a las 8.

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