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11 de abril de 2011

Comienzan los alegatos

Mañana a partir de las 10 el tribunal dará inicio a las audiencias de alegatos en el juicio oral contra ocho ex militares por crímenes de lesa humanidad cometidos en El Vesubio.

Las querellas serán los primeros en desarrollar su exposición, luego será el turno del Ministerio Público Fiscal y, por último, el de las defensas.

En el juicio se investiga la participación en esos delitos de Pedro Alberto Durán Sáenz, Héctor Humberto Gamen, Hugo Idelbrando Pascarelli, Ramón Antonio Erlán, José Néstor Maidana, Roberto Carlos Zeolitti, Diego Salvador Chemes y Ricardo Néstor Martínez.

10 de enero de 2011

“Me quedé sin hijos”

Con una entereza y una lucidez admirable, Soledad Davi, con sus 88 años y una historia de vida trágica a cuestas, inauguró la audiencia de testimonios. Soledad comenzó su relato con la muerte del menor de sus dos hijos, Eduardo, quien fue asesinado durante la masacre de Trelew el 22 de agosto de 1972. A partir de entonces Jorge, el mayor de sus hijos, comenzó a participar en política. Una madrugada de agosto de 1976, una patota de quince personas se presentó en el domicilio de Soledad en busca de su hijo. “Estuvieron treinta horas”, relató, y describió las humillaciones a las que fueron sometidos. Ella logró contactar por teléfono a su hijo Jorge para avisarle que no fuera y de ese modo frustró el operativo. En consecuencia, Soledad comenzó a participar de las rondas de las Madres de Plaza de Mayo y también empezaron las amenazas de muerte.

Finalmente, el 12 de mayo de 1977 una patota encontró la casa en la que Jorge vivía con su compañera Irma Sayago y el hijo mayor de ella, Pablo Miguez – Pablito-. Ese día fue secuestrado el hijo de Soledad, Jorge Capello, junto a su familia. Desde ese momento “me quedé sin hijos”, reveló Soledad y su voz se quebró. Jorge, su compañera Irma y Pablito continúan desaparecidos.

Soledad contó que el hijo menor de la pareja, Eduardo, se salvó del secuestro porque ella lo estaba cuidando en su casa. Eduardo tenía 2 años y su nombre se lo debe a su tío muerto en Trelew. Él fue criado por su abuela Soledad y hoy estuvo presente en la sala para acompañarla.

Víctor De Gennaro, histórico dirigente de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), fue el otro testigo del día. Relató cómo se enteró del secuestro de Jorge Watts y graficó el plan sistemático de persecución del que fueron objeto los trabajadores. A pesar de ello, “durante todos esos años los trabajadores resistieron”, explicó De Gennaro. También resaltó la importancia de la lucha y los testimonios de los sobrevivientes en el proceso de memoria, verdad y justicia. Además remarcó la ofensa a la que fueron sometidos durante tantos años por el sólo hecho de estar vivos: “cuando se los llevaron ‘por algo será’, cuando volvieron ‘por algo será’”.

Las audiencias testimoniales continuarán el 2 de febrero a las 10 con Gabriela Fernanda Taranto y Diana Montequín.

15 de diciembre de 2010

Las llaves de Hugo

La única testigo del día fue María Leonor Teso, quien declaró mediante videoconferencia desde México sobre el secuestro de su pareja, Hugo Vaisman, y la persecución de la que fue objeto.

María comenzó su relato con palabras de agradecimiento: “antes que nada yo quería manifestar mi satisfacción, mi alegría de poder estar, de poder participar aunque sea con mi humilde testimonio en este juicio”, indicó y aclaró que “me siento muy orgullosa de que en mi país se estén llevando adelante éstos juicios, que creo que son un ejemplo para muchos otros países”.

Luego relató el secuestro de su marido, Hugo Vaisman, ocurrido la tarde del 14 de agosto de 1978 en la confitería Imperio, en la esquina de Canning (hoy Scalabrini Ortiz) y Corrientes, ciudad de Buenos Aires. Contó que Hugo tenía una cita con un compañero de militancia y que un grupo de personas de civil se lo llevaron. La camioneta con la que Hugo acudió al encuentro nunca más apareció.

Ese mismo día existieron dos operativos más: uno en la casa de sus padres y el otro en la imprenta que trabajaba Hugo, de donde intentaron llevarse las máquinas. Hugo, ya secuestrado, llamó a la casa de sus suegros para avisar que irían a cenar allí. Pocas horas después una patota se hizo presente en la casa haciéndose pasar por amigos de la pareja. Allí estuvieron esperando unas horas a que llegara María, hasta que un llamado telefónico hizo que la patota saliera “corriendo”. Antes de retirarse le advirtieron a la hermana de María “decile a tu hermana que no va a ver más a su marido”. “Y lo cumplieron”, indicó la testigo.

A los quince días del secuestro, la mamá y la hermana de María fueron a ver la casa de la pareja. “Se habían llevado todo”, indicó, “y no habían forzado la puerta”; habían usado las llaves de Hugo. Luego de los procedimientos María no tuvo lugar a donde recurrir, “yo me quedé en la calle literalmente”, dijo, y no pudo contener más las emociones, sus lágrimas expresaban impotencia y dolor. “Pensaba, esperaba que iba a aparecer” indicó.

Finalmente se dirigió a los jueces y dijo que quería “agradecerles que se estén ocupando de hacer justicia, esto debería ser normal pero con la historia que tenemos en la Argentina realmente es una gran alegría para nosotros que esto se esté llevando a cabo”. También hizo un llamado a la conciencia de los acusados: “Si pueden ellos en un acto de humanidad decirnos a los familiares qué han hechos con nuestros seres queridos”.

14 de diciembre de 2010

Malvones

Alejandro Parejo fue el único testigo de la audiencia. Declaró sobre el secuestro de Silvia De Raffaelli, ocurrido el 28 de diciembre de 1976. Silvia era pareja de Alejandro y se encuentra desaparecida.

El testigo contó que el día del secuestro estaba regresando a su casa en bicicleta cuando vio a dos autos, un Cheavy naranja con cinco personas y un Ford Falcon con cuatro. Se detuvieron frente a su casa y los ocupantes bajaron fuertemente armados. Alejandro comprendió inmediatamente lo que estaba sucediendo: venían a secuestrarlos. Le dejó la bicicleta a un vecino y comenzó a caminar en sentido contrario, pero los gritos del vecino alarmaron a la patota, que empezó a perseguirlo. “Comencé a correr”, indicó, mientras escuchaba a los autos tras de sí. Contó que se refugió “en un pequeño cerco, con malvones”, y que allí esperó un largo tiempo, hasta estar seguro que no había nadie, y entonces salió.

A partir de ese momento debió vivir de manera clandestina, “para que no me pudiesen encontrar”, explicó. Alejandro estuvo tres años y medio escondiéndose dentro del país hasta que pudo salir hacia Brasil como exiliado y de allí a Francia. Durante todo ese tiempo no fueron muchas las veces que pudo ver a sus hijos, “pasaron seis meses sin verlos”, indicó, y definió su vida en el exilio y la de sus hijos como “dura, muy dura”.
Alejandro contó que el hermano de Silvia, Víctor, había desaparecido unos meses antes, “y mi hermano unos meses después”, concluyó.

13 de diciembre de 2010

“Huelgan las palabras”

La primera declaración fue del Coronel (R) Horacio Ballester, quien fue convocado para que expusiera sobre la organización del ejército por aquellos años. Relató sobre la división del territorio y su basamento teórico, sobre el funcionamiento de las fuerzas armadas y cómo se configuró y plasmó en el terreno la doctrina de la seguridad nacional. Sobre esto último indicó que existía una sola hipótesis de guerra: oriente contra occidente y, en caso de que estallara algún conflicto armado, Estados Unidos y los países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) intervendrían. El papel del resto de los ejércitos de la región era “mantener el orden interno”, indicó, para evitar la infiltración del enemigo comunista. También se refirió a la denominada Junta Interamericana de Defensa que “nos dice quienes son nuestros enemigos”; antes eran los comunistas, ahora los terroristas, explicó.

Uno de los abogados defensores particulares le preguntó sobre la posibilidad de incumplir órdenes y Ballester respondió que “el militar no es un robot que debe cumplir todo lo que se ordene”. Y como ejemplo dijo que si él como jefe de algún regimiento daba la orden de “asaltar alguna estación de servicio o salir a violar mujeres, seguro que nadie tenía lo obligación de cumplirla”.

Luego brindó su testimonio Ángel Valoy, tío abuelo de María Isabel Valoy, secuestrada y desaparecida al igual que su pareja, Diego Guagnini. El testigo comenzó el relato describiendo que “una noche de invierno” le tocaron el timbre para decirle que habían encontrado a un nene en una parada de colectivo y que tenía escrito su nombre: era Emilio Guagnini, hijo de Diego y María Isabel. En aquel momento Valoy trabajaba en la Armada, en la base aeronaval de Ezeiza.

Valoy describió a la persona que dejó al bebé en la puerta como “un masculino, barbudo de pelo largo e indicó que “cuando quise interrogarlo se dio a la fuga”. Al día siguiente llamó a su cuñada (madre de María Isabel) que vivía en Tucumán para que enviaran a alguien a buscar al chico, lo cual disparó las preguntas del fiscal y las querellas sobre el motivo de tal decisión. Fue entonces cuando se hicieron presentes las contradicciones en el relato y la reticencia a contestar. “Huelgan las palabras” fue una de las respuestas que ensayó, pero las repreguntas no cesaron.

El día de la audiencia, en un evidente estado de nerviosismo y ante las incómodas preguntas, el testigo buscó refugio en el agua. Entre suspiros y con la mirada en el piso, tomaba agua ante cada pregunta y repregunta como deseando no estar allí. “No sé”, “no me acuerdo” y “en estos momentos tengo la mente en blanco” fueron algunas de las respuestas que ensayó y su posición se fue haciendo cada vez más insostenible. Su declaración terminó con el pedido de detención por parte del fiscal: “Hay reticencia, niega decir la verdad”, indicó e invocó la norma que pena el delito de falso testimonio. El tribunal hizo lugar al pedido y dispuso su detención hasta que el tribunal de turno le tome declaración indagatoria.

Momentos antes había relatado que “hace unos años [Emilio] vino a casa, yo pensé que algún día iba a venir a preguntar. Me dijo que no me creyó, le dije esa es la verdad”, e indicó que haber actuado de esa manera “me trajo todos estos problemas, pero lo volvería a hacer”.

7 de diciembre de 2010

“Me gustaría saber si saben algo de mi compañera”

Desde Madrid y mediante videoconferencia, Noemí Fernández Álvarez y Juan Enrique Velásquez dieron sus testimonios de lo vivido en el Vesubio. Noemí fue la primera en declarar, rememorando la noche del miércoles 2 de junio de 1976 cuando una patota la secuestró, momentos después de haberse llevado a Horacio Vivas.

Según sus estimaciones, por la habitación donde estuvo cautiva en el Vesubio pasaron unas cincuenta personas. Los guardias eran los encargados de mantener a los prisioneros con vida para que sean torturados, los llevaban desde y hacia la tortura. Esperar a que los guardias accedieran a llevar a los detenidos al baño era “una tortura adicional”, continúo Noemí. Además las mujeres debían hacer sus necesidades con la puerta abierta ante la mirada de los guardias, situación “humillante y despersonalizante”, tal como describió la testigo.

Recordó que el 20 de junio de aquel año (el recuerdo de la fecha está muy presente, ya que ese día se festejaba el día del padre y uno de los detenidos tenía un niño muy pequeño), los guardias les comunicaron que un grupo de ocho personas serían “trasladas a Neuquén”. Ella formaba parte de aquel selecto grupo, que también incluía a Gleyzer y Conti, entre otros. Finalmente Noemí fue excluida del traslado, lo cual le produjo una cierta tristeza, explicó. Los guardias le aclararon que el “traslado a Neuquén” significaba la muerte y que ella se había salvado.

También describió el terror que sintió el 28 de junio de 1976, cuando fue sacada del Vesubio para su liberación: “estaba tan aterrada, tenía tanto miedo. Durante mucho tiempo no podía salir a la calle”. Noemí recordó que cuando se estaba empezando a recomponer, fue nuevamente secuestrada el mes de noviembre de ese mismo año. En esta segunda oportunidad fue llevada a otro centro. Allí un torturador le advirtió que debía irse del país, “si no sos boleta”. Desde aquel momento Noemí vive en España.

Entre lágrimas y reteniendo el aliento, Noemí dijo: “me rompió la vida, tenía 20 años”, para describir lo que esta experiencia implicó para ella. “No es fácil revivir aquello”, cerró, y sus ojos revelaban que en ese preciso instante estaba allí, de nuevo en 1976, de nuevo en el Vesubio.

Luego brindó su testimonio Juan Enrique Velásquez, quien fue secuestrado junto con su compañera Elba Lucía Gándara, quien se encuentra desaparecida. Su relato comenzó en la madrugada del 18 de febrero de 1977 cuando un grupo de personas, de civil y fuertemente armadas, irrumpieron en su casa. Sus cuatros hijos, todos niños, presenciaron el secuestro y la golpiza que recibió la pareja. Luego le vendaron los ojos a Juan y le ataron las manos con el cable de la plancha. Después lo tiraron en una zanja con agua y barro, previo a meterlo en el baúl de un auto donde pasó “unas cuantas horas”, indicó.

Describió las condiciones de detención y las torturas a las que fue sometido. Mientras estuvo detenido en el Vesubio, Juan contó que por allí pasaron más de 50 personas que “eran sacadas a otro lugar para torturarlas”. Luego de su liberación no pudo ver a sus hijos por seis meses y agregó que cuando salió “estaba muy flaco, apenas si podía caminar”.

Antes de recuperar la libertad, Juan fue llevado a despedirse de Lucía. Aquella fue la última vez que pudo verla. Hoy, desde España, y videoconferencia mediante, finalizó su declaración con un pedido: “me gustaría saber si saben algo de mi compañera”.

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6 de diciembre de 2010

“Por todos y cada uno de los compañeros que pasaron por el Vesubio”

Ricardo Cabello era un chico de 15 años cuando fue secuestrado en la madrugada del 25 de agosto de 1977. Aquella noche una patota entró a su casa humilde que “no tenía puerta atrás, así que entraron por atrás”, indicó y agregó: “sentí unos golpes y cuando me desperté tenía a dos personas que me estaban apuntando en la cabeza”.

Antes de comenzar su relato, y tal como lo marca el rito de juramento que el código impone, Ricardo decidió remarcar el motivo de la verdad en su declaración: “por todos y cada uno de los compañeros que pasaron por el Vesubio”.

Describió las torturas a las que fue sometido tanto él como sus compañeros de cautiverio y detalló las condiciones de detención. “Era espeluznante”, resumió y aclaró: “ellos seguían su vida muy tranquilos”, en referencia a la rutina de sus captores fuera del campo de detención. También contó que Roberto Zeoliti, alias “el sapo”, lo mostraba a las detenidas diciendo “miren, tiene 15 años”, mientras que los guardias le contaron que allí había estado detenido un chico de su misma edad: era Pablo Míguez.

Su proceso de legalización también fue traumático. Lo llevaron a la comisaría de San Justo, donde permaneció por más de un año. Al cumplir los 16 años fue puesto a disposición del Poder Ejecutivo y enviado a la Unidad 9. Contó que mientras estaba en la comisaría, la madrugada del 17 de octubre de 1977, un capitán fue a “visitarlo” y estuvo a punto de matarlo. “Me sentí perdido y lo insulté”, rememoró, y gracias a la intervención de un cabo se frustró el intento de asesinato. Esa noche habían sacado de la comisaría a otros dos secuestrados quienes días después aparecieron en la portada de los diarios como muertos en un enfrentamiento. Ese podría haber sido el destino de Ricardo.

Los traslados de los secuestrados en el Vesubio se hacían en el turno de las guardias menos “malas” porque de esa manera “los detenidos podían irse un poco más tranquilos”, explicó Ricardo. A continuación detalló: “todos tenían una letra y un número. Los Montoneros eran ‘M’, los del ERP ‘E’, y después estaban los ‘V’, que se supone que significaban ‘varios’”.

Por último, hizo referencia a las secuelas de esta experiencia: “mirar a estos tipos me da asco. ¿Qué otra cosa puede sentir una persona que a los 15 años fue tratado de esa manera?”. Ricardo tiene a un hermano y una cuñada desaparecidos. “Cuesta volver a revivir todo eso”, agregó. Finalmente clausuró su relato con la mirada puesta en los imputados y les dijo a los presentes: “yo soy un tipo que vive feliz, con mi compañera, con mis hijas, mi hijo, mi nietita. Y sigo militando, sigo participando en política. Hoy no estoy perseguido, y ellos están ahí, presos, son reos”.

Luego declaró Horacio Verstraeten, colimba de la clase ‘58, acerca de los hechos del 24 de mayo de 1977, día en que 16 personas que estaban detenidas en el Vesubio aparecieron muertas en un supuesto enfrentamiento en la localidad de Monte Grande. Verstraeten relató que esa madrugada fue llevado junto a otros colimbas que se encontraban haciendo la conscripción en el Regimiento 3 de Infantería a una casa en Monte Grande. Allí se produjo un enfrentamiento, entraron a una casa y les ordenaron disparar a los cuerpos que se encontraban en el piso de la vivienda; los disparos de un compañero le mancharon de sangre la cara. Luego de ello escuchó los gritos de dos mujeres desde el fondo de la casa y recordó: “pedían que no las mataran, que las ayudaran, gritos de auxilio”. Los gritos fueron seguidos por ruidos de disparos, fogonazos y silencio. “Yo no vi como las mataban, escuché como las mataban”, aclaró. El testigo dijo que cuando le ordenaron disparar dentro de la casa a las personas que estaban en el piso, él tiró hacia cualquier lado. Sin embargo, fue curiosa su respuesta ante la pregunta del fiscal sobre el motivo por el cual no hizo puntería: para no mancharse con la sangre que salpicaba, indicó.

También explicó que desde el Regimiento se hacían dos tipos de procedimientos: uno oficial, usando los respectivos uniformes que los identificaban y, por otro lado, los operativos de civil, sin uniformes ni autos identificables.

1 de diciembre de 2010

“Eran unos cinco, con botas”

María del Carmen Vidal, madre de Jorge Watts, sobreviviente del Vesubio, fue la primera testigo. Con sus 82 años y una increíble vitalidad, contó que una patota tocó a su puerta la madrugada siguiente del secuestro de su hijo Jorge. Ella preguntó quién era, a lo que recibió como respuesta la amenaza de tirarla abajo. “Eran unos cinco, con botas”, describió y le preguntaron donde estaba su hijo, pero Jorge ya había sido secuestrado ese mismo día por la tarde. También contó sobre las averiguaciones que llevó adelante hasta que su hijo apareció detenido en la Unidad 9. “Yo no quisiera acordarme más de esto, pero no queda más remedio” reflexionó María del Carmen.

A continuación fue el turno de Sergio Ortiz, secretario político del Partido de la Liberación (ex Partido Comunista Marxista Leninista, antes Vanguardia Comunista). Ortiz repasó la historia del partido y de sus militantes, y detalló que son 19 los “compañeros de Vanguardia Comunista desparecidos”. Y fueron 12 o 13 los estudiantes de la Facultad de Ingeniería que pertenecían a Vanguardia Comunista y fueron víctimas de la represión ilegal. Por aquella época Luis Cristina era el secretario general de la organización.

También aclaró que el 24 de marzo de 1976 se dictó un decreto-ley que disolvía al Partido Comunista Marxista Leninista (ex Vanguardia Comunista).

Las audiencias continuarán el lunes 6 de diciembre a partir de las 10, con las declaraciones de Ricardo Cabello y Horacio Verstraeten.

30 de noviembre de 2010

Madre e hija

Susana Laxague fue detenida junto a su hija, Marina Kriscautzky, y su pareja, Rubén Kriscautzky. Susana y Marina declararon en la audiencia. Rubén se encuentra desaparecido.

La noche del 14 de agosto de 1978 había pasado por su casa la mujer de Hugo Waisman a contarles y advertirles sobre el secuestro de su marido y sobre una “secuencia” de varias detenciones que estaban sucediendo. En la madrugada de esa misma noche una patota se hizo presente.

Susana contó que fue llevada junto a su hija en un auto hacia el Vesubio. En el camino, la caravana de vehículos se detuvo en varias oportunidades, posiblemente para realizar otras detenciones. La testigo relató, entre otras cosas, que en el baño del centro de detención había un libro de Leopoldo Marechal colgado de un alambre para ser utilizado como papel higiénico. También contó que le permitieron despedirse de Rubén.

Las partes le preguntaron a Susana sobre los gritos que se escuchaban en el Vesubio, a lo que respondió: “son recuerdos que he tratado de no tener presentes”. Luego contó que envió varias cartas a distintos obispos por la desaparición de Rubén. Solo uno de ellos le respondió “de manera racional, el resto nos recomendaron que rezáramos”, indicó.

Por último agradeció al tribunal y también el funcionamiento de la justicia, y remarcó la “liberación emocional que sería saber donde están los restos” de su marido.

Luego declaró Marina, la hija de Susana, quien fue llevada al Vesubio junto con su papá y mamá cuando tenía 13 años. Marina relató que también llevó a su perrita, descripción en la que muchos sobrevivientes coinciden.

A pesar de las tres décadas que han pasado, la memoria de Marina sobre aquel momento traumático se conserva intacta. Ella describió con asombroso detalle la ropa que estaba usando aquella madrugada del secuestro, pero aclaró: “todo el recuerdo lo tengo en silencio, como una película sin sonido”, junto a un “recuerdo vago de gritos espeluznantes”.

La audiencia finalizó con el pronunciamiento de la última querella sobre la ampliación de la acusación realizada por el Ministerio Público Fiscal.

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29 de noviembre de 2010

Un 29 de noviembre, pero hace 33 años

Eva Reynolso, esposa de Roberto Luis Gualdi, contó como aquella madrugada del 18 de agosto de 1978 golpearon la puerta de su casa y al grito de “policía” un grupo de personas armadas entró, revisó toda la casa y sin ningún tipo de explicaciones se llevó a su marido. Roberto permaneció desaparecido 23 días, luego de los cuales apareció en una comisaría de Villa Insuperable, y de allí fue trasladado a la Unidad 9 de La Plata. Eva murmuró entre lágrimas “la nena lloraba, preguntaba por el papá”.

A continuación, Marta Potenza, hija de Antonio Ángel Potenza, indicó que precisamente un 29 de noviembre secuestraron a su papá, 33 años atrás. Relató en detalle el momento del secuestro y describió que le pusieron un trapo en la cabeza cuando se lo llevaron. Al día siguiente Marta intentó hacer la denuncia ante una comisaría de Merlo pero no se la tomaron y le dijeron “‘este tipo de cosas pasan, tiene que esperar unos días y va a aparecer’”, explicó la testigo y agregó: “nunca más volvimos a ver a mi papa”. Las próximas noticias que tuvo de su padre fueron en el proceso judicial de 1985, pero Marta evitó el contacto con sobrevivientes del Vesubio porque “lo que leí en el diario del Juicio a la Juntas era terrible”, afirmó.

Al finalizar la declaración de los testigos, las querellas pudieron expedirse sobre la ampliación de la acusación realizada por el Ministerio Público Fiscal en audiencias anteriores. Todas las querellas, entre ellas el CELS, adhirieron a lo expuesto por el fiscal y expresaron algunas consideraciones particulares.

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