Las personas desaparecidas eran en general muy jóvenes, muchos y muchas aún adolescentes. Si tenías esa edad, una de las cosas que te pasaba era que alguien entre tus compañeros, compañeras, amigos y amigas, de pronto no estaba. No se veían más en la escuela o en la facultad, en los clubes, en los cumpleaños o en los lugares de militancia. Así era darse cuenta de que “se habían llevado” a alguien y de su desaparición.
Eso generó mucho miedo y cambios en la forma de vivir. En muchas zonas era peligroso salir de noche, caminar por determinadas cuadras. Había que evitar cualquier cruce con la policía y los militares en la calle. También tener cuidado con lo que se decía, con quién se charlaba, saber cuándo era mejor callar. Porque en ese tiempo ser joven era visto por las fuerzas de seguridad como algo sospechoso. Más aún si eras varón y tenías el pelo largo, si eras mujer y usabas minifalda, o mucho peor si usabas “ropa que no se correspondía con tu propio sexo”, algo que era directamente ilegal. Y ni hablar de besarse o expresar amor en la calle, mucho menos en parejas gays.
Si alguien vivía cerca de un centro clandestino de detención quizá no tenía plena conciencia de lo que pasaba ahí, pero sí sentía el clima de terror en la zona. Buenos Aires, además, fue intervenida por proyectos urbanos que volvieron mucho más excluyente a la ciudad, como la erradicación violenta de las villas y los desalojos para construir autopistas. Muchas personas que crecieron en esa época aún recuerdan cómo al temor cotidiano se les sumó el dolor por haber perdido sus casas y hogares.
Hacia el final de la dictadura, las juventudes sumaron una marca imborrable: la Guerra de Malvinas en 1982. Miles de adolescentes sin preparación ni equipamiento adecuados fueron enviados al helado frente de batalla en condiciones de extrema desigualdad y en muchos casos padecieron abusos de sus superiores. Murieron 649 combatientes argentinos. Más del 70% de los muertos del Ejército eran jóvenes conscriptos que estaban cumpliendo el servicio militar, que todavía era obligatorio. Las secuelas que sufrieron los sobrevivientes llegan hasta la actualidad: aunque no hay datos oficiales, las organizaciones de ex-combatientes estiman entre 350 y 500 suicidios.

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