¿Por qué hubo organizaciones que eligieron la violencia política como estrategia?

En las décadas del sesenta y del setenta, mientras en el mundo se extendían los movimientos revolucionarios y en América Latina había dictaduras cada vez más autoritarias, en la Argentina se intensificó la movilización popular y la militancia.

Las juventudes participaban cada vez más en las actividades de los centros de estudiantes, de los sindicatos, se organizaban en colectivos y también en grupos cristianos que hacían trabajo social en las villas. Y, en las izquierdas de todas partes, crecía la idea de que la violencia política era una forma de acelerar la conciencia y el cambio social.

En la Argentina, la política y la violencia hacía mucho ya que no eran asuntos separados. La represión, la censura y la proscripción política eran moneda corriente desde el golpe de Estado de 1955 y con la dictadura impuesta en 1966. Para las juventudes que habían crecido durante esos tiempos y militaban, cualquiera fuera su ideología, era habitual entender la realidad como un enfrentamiento. En ese contexto, las organizaciones más radicalizadas decidieron incorporar la lucha armada a sus estrategias y así surgieron, por ejemplo, Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Influenciadas por experiencias de otros países, como la Revolución Cubana, y frente a la falta de democracia, llegaron a la conclusión de que no era posible cambiar la realidad por medios pacíficos. Esta decisión no fue sencilla ni inmediata: dentro de esas organizaciones hubo debates, desacuerdos y también rupturas. Mientras, otras fuerzas políticas que también buscaban transformaciones sociales, no eligieron el camino de la guerrilla.

¿Cómo era la vida cotidiana de la militancia en los setenta?

En este audiolibro encontrás los testimonios que Eduardo Anguita y Martín Caparrós publicaron en La voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina.

En el breve periodo democrático que empezó en 1973, la violencia política se intensificó por el surgimiento de grupos parapoliciales como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), la dinámica de las guerrillas y en 1975 la decisión del gobierno de “aniquilar el accionar subversivo”, una etiqueta muy amplia que se aplicó a todas las personas consideradas una amenaza.

Antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, las organizaciones revolucionarias ya estaban muy debilitadas. Después de iniciada la dictadura, la represión se volvió sistemática, masiva y clandestina: sólo durante el primer año se llevaron a cabo la mayoría de los secuestros y las desapariciones en muchos sectores de nuestra sociedad. Gran parte de las personas que militaban en esas organizaciones políticas, más allá de si habían participado o no en las acciones armadas, fueron víctimas y aún están desaparecidas.

¿Querés conocer el análisis de una investigadora que fue militante en los setenta?

Podés leer Política y/o violencia de Pilar Calveiro.

¿Sabés qué fue la Masacre de Trelew?

Mirá esto en Instagram.

En los años que siguieron, diferentes integrantes de las organizaciones revolucionarias expresaron múltiples puntos de vista sobre su militancia, las decisiones y las acciones que llevaron adelante. Hay quienes defienden toda la experiencia y quienes la rechazan por completo. Otras personas evalúan distintos aspectos: reivindican los objetivos que asumieron en ese tiempo y la voluntad de transformación social, pero ya no la opción por la lucha armada; o consideran que la militarización fue excesiva en relación con otras formas de acción; o buscan criterios éticos específicos para repensar la violencia política.

El balance de la experiencia de aquellas organizaciones y su represión atraviesa a la sociedad argentina y sigue siendo motivo de discusiones sociales, políticas y jurídicas en la actualidad.

¿Querés leer una discusión sobre la lucha armada?

 Podés leer No matar. Sobre la responsabilidad, un libro que compila el debate iniciado por una carta del filósofo cordobés Oscar del Barco. Muchas de las respuestas que recibió también están en este enlace: recomendamos la de León Rozitchner y la de Héctor Schmucler.