Esa ruptura de las instituciones democráticas incluyó fuertes limitaciones a las libertades. No sólo no se podía votar, tampoco podías protestar o manifestar de ninguna manera. Si estabas con un grupito en una esquina, enseguida venía un policía o militar que te obligaba “a circular”: a levantarte, moverte, irte de ahí.
En los secundarios y en las universidades, dejaron de funcionar los centros de estudiantes y las reuniones públicas. Sólo una juntada para tomar algo, ir a un recital o charlar en un parque podía terminar en una intimidación policial o en una detención. También estaban prohibidas las asambleas y los paros. Aunque la pobreza creció del 5 al 25%, los sindicatos no podían pedir aumento de sueldo ni ningún reclamo laboral colectivo. Desde 1979 hubo marchas y huelgas que desafiaron esas restricciones.
El gobierno militar prohibió libros, revistas, canciones, obras de teatro y películas porque los consideraba “en contra de los valores del proceso de reorganización nacional”. Creó el Ente de Calificación Cinematográfica de Argentina que eliminó o cortó partes de unas 700 películas entre 1976 y 1982. A veces ibas al cine y no se entendía qué pasaba en la historia porque faltaban escenas de sexo, “inmorales” o “políticas”.
Si querías publicar algo, tenías que llevarlo al Servicio Gratuito de Lectura Previa, una oficina en la Casa Rosada que te daba o te negaba la autorización. En los canales de televisión había un Asesor Literario que leía todos los guiones antes de que se emitieran programas y películas.
Entre los libros prohibidos había infantiles, como los de María Elena Walsh y Elsa Bornemann. Decían que promovían la fantasía o lo colectivo. También hubo artistas musicales a quienes les censuraron canciones: desde Luis Alberto Spinetta, Charly García y Mercedes Sosa, hasta bandas internacionales como Pink Floyd o Queen.
